Durante casi nueve décadas resistió el paso de la guerra, la caída del nazismo y la llegada de miles de turistas. En la noche del viernes 23 de octubre, sin embargo, el Kehlsteinhaus, conocido en todo el mundo como el “Nido del Águila”, quedó envuelto en llamas. Una alarma alertó a los servicios de emergencia de Berchtesgaden, en el extremo sureste de Alemania, alrededor de las 21.15 (hora local). Los bomberos y la policía subieron por la estrecha ruta que serpentea la montaña entre túneles y ya divisaban el fuego antes de llegar. Durante horas pelearon contra un incendio agravado por un enemigo inesperado: la lluvia se transformó en la primera nevada del año, acompañada de fuertes vientos, y obligó a los brigadistas a retirarse durante la noche. No hubo heridos, aunque el riesgo de derrumbe impidió ingresar al edificio.
La investigación apunta a un sospechoso. En plena ruta, los agentes detuvieron a un hombre de 33 años que bajaba en moto en sentido contrario. Se trata de un ciudadano alemán con vínculos con la zona, aunque no vive allí. Según los fiscales, mostraba signos de una enfermedad mental y será trasladado a un centro psiquiátrico. Aun así, por la carga histórica del lugar, investigarán si pudo existir un motivo político. La policía aclaró que, por ahora, no hay indicios de que haya otras personas involucradas.
La historia del edificio es inseparable de la del Tercer Reich. Lo encargó Martin Bormann, uno de los hombres de mayor confianza de Hitler, en 1937, y lo pagó el partido nazi. Se levantó en apenas 13 meses sobre un acantilado a 1834 metros sobre el nivel del mar, con un costo humano de 12 obreros muertos. La obra debía estar terminada para el cumpleaños 50 del dictador, en abril de 1939, y por eso se trabajó incluso de noche, bajo reflectores. Para llegar hasta la cima se abrió una ruta de 6,5 kilómetros con cinco túneles, que termina en un pasadizo en la roca y en un ascensor de bronce pulido y espejos venecianos que asciende 124 metros dentro de la montaña. El nombre “Nido del Águila” no fue alemán: lo popularizaron los Aliados.
Pensado como casa de huéspedes para jerarcas nazis y sus invitados, el refugio recibió a Hitler en contadas ocasiones, lo que le valió el apodo de “la casa de té de Hitler”. Su suerte fue muy distinta a la del Berghof, la residencia del Führer en la misma zona, cuyas ruinas fueron dinamitadas en 1952. El Kehlsteinhaus, en cambio, sobrevivió y se reconvirtió: desde ese mismo año funciona como cafetería y restaurante, y alberga una muestra sobre su propio pasado. Más abajo, el Centro de Documentación de Obersalzberg, que reúne la principal exposición histórica del área, no resultó afectado por el incendio.
Ahora se abre el debate sobre qué hacer con lo que quedó. El edificio pertenece al gobierno de Baviera, y su ministro del Interior, Joachim Herrmann, fue tajante: “No vamos a dejar una ruina allí”. Sin embargo, aclaró que el aspecto futuro del sitio se definirá en conversaciones con autoridades locales, historiadores y conservacionistas, y confió en que se encontrará una solución sensata. Para el funcionario, lo central es otra cosa: “Es importante que continuemos con el trabajo de memoria”.




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