Las redes sociales han contribuido a que la vida personal y privada de las personas en la cotidianeidad quede expuesta como nunca antes. Esta posibilidad de poder conocer lo que hace el otro, dispara muchas veces en algunos el planteo de qué no están haciendo ellos mismos, y es entonces cuando surge ese miedo o presión de no querer perderse nada que, en el lenguaje moderno, se denomina FOMO (Fear of Missing Out / Miedo de Perderse las Cosas).
La alteración de la realidad para hacerla más atractiva e inalcanzable tiene como consecuencia la inconformidad -en muchas personas- con su vida cotidiana y el deseo de querer crear una realidad alternativa que, muchas veces, produce un displacer y una «vida de apariencias». Sin embargo, este «lado b» encuentra su contraposición en el JOMO (Joy of Missing Out / Disfrute de Perderse las Cosas), que invita a vivir experiencias sin pensar en compartir en plataformas o en la repercusión que va a tener en ellas. El enfoque es exclusivo en el momento actual y en lo que en verdad importa.
Una de las primeras personas en acuñar el término fue la escritora y oradora Christina Crook. En el año 2014 publicó su libro The Joy of Missing Out: Finding Balance in a Wired World (La Alegría de Perderse: Encontrar el Equilibrio en un Mundo Conectado), en el que plantea que estar siempre conectado puede traer efectos negativos y que en cambio, vivir con opciones alternativas puede traer recompensas y actitudes positivas en nuestro día a día.
El JOMO pone el acento en elegir dónde, con quién y cómo pasar el tiempo, sin sentir que cada invitación debe aceptarse o que todo lo que ocurre en las redes merece atención. De esta manera, se recupera una idea simple: no estar en un lugar no significa necesariamente perderse algo importante. A veces, la mejor opción puede ser quedarse en casa, descansar, pasar tiempo con alguien cercano o simplemente no hacer nada (que en un contexto de sobreproductividad parece «mala palabra» o un imposible).


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