«No es para tanto», «¿cómo vas a estar mal por eso?», «hay cosas peores», «estás exagerando», «lo que tenés que hacer es tal cosa», «bueno, pero todo pasa por algo»… ¿Quién no dijo alguna vez alguna de estas frases? ¿Quién, al contar un logro, una angustia profunda o un simple contratiempo, no las escuchó como respuesta?.
Estas expresiones, que generan la extraña sensación de no ser comprendido y muchas veces son dichas sin intencionalidad, tienen nombre y apellido: mecanismos de invalidación. En una sociedad donde la rapidez suele ganarle a la empatía, y donde se siente la obligación de tener siempre algo para decir, estos mecanismos se filtran en la forma en que nos vinculamos y, en ocasiones, erosionan la salud mental de quien los recibe.
El plano invisible de la descalificación
Diana Hunsche, psicóloga clínica, psicoanalista y psicogenealogista, define estos mecanismos como «comentarios o comportamientos que contienen una descalificación hacia alguien que está compartiendo una experiencia pasada, o comentando un proyecto futuro». Aclara que, aunque «no son confrontativos, es decir, no son abiertamente agresivos, encierran dos planos: el manifiesto y el latente. En su faz manifiesta pueden parecer positivos, pero en su faz latente esconden una invalidación que siempre es emocional».
Según Hunsche, pueden activarse tanto frente a relatos traumáticos como felices, y ser inconscientes o voluntarios. «Todos tenemos tendencia a usarlos. Muchos forman parte del imaginario colectivo y están consensuados socialmente. Sin embargo, en el consultorio se revela claramente el daño que producen a nivel afectivo.»
Florencia Moras, licenciada en Psicología (MP. 14323) y especialista en terapia cognitivo conductual, propone ir a la raíz del problema. «Para hablar de invalidación primero hay que poner el foco sobre lo que significa —en términos emocionales— validar. Se trata de reconocer y aceptar la experiencia emocional del otro. No quiere decir que siempre vamos a estar de acuerdo con lo que está sintiendo la persona, sino reconocer y aceptar que eso que le sucede es válido, sin juzgarlo y sin minimizarlo», explica.
Como contrapartida, «invalidar significa que algo de la experiencia de la persona —lo que piensa, lo que quiere, lo que siente— es ignorado, minimizado, incomprendido, y muchas veces, hasta criticado». Cuando la invalidación se convierte en un patrón, «cuando el entorno se vuelve un entorno invalidante, es cuando resulta más dañino para la persona, sobre todo para su salud mental, generando incluso el ámbito propicio para desarrollar diferentes tipos de trastornos que tienen que ver con ansiedad, depresión o trastorno límite de la personalidad«.
La invalidación no se expresa solo con palabras. Existen formas no verbales, más sutiles pero igualmente potentes: «El silencio, por ejemplo. Una persona le cuenta a otra lo que le está pasando y esta otra no responde, toma su teléfono mientras habla o cambia de tema», ejemplifica Moras.
Como sintetiza Hunsche: «Todos hemos usado estos mecanismos en algún momento, y me incluyo; y por el otro lado, todos hemos sido víctimas de estos mecanismos de invalidación también.»
Cinco tipos de invalidaciones y sus señales
Competencia. La persona que invalida rivaliza con quien comparte su vivencia, confrontando y descalificando al relator mediante la comparación. Ejemplo: «¿Tuviste 5 horas de trabajo de parto? Peor fue lo mío: después de 8 horas y 15 pujos, terminé en una cesárea.»
Anticipación. Un mecanismo de intelectualización que interrumpe el relato ajeno: quien escucha adivina el desenlace y lo anticipa, quitándole al narrador la fuerza del final. Ocurre, por ejemplo, cuando alguien revela el remate de un chiste antes de que lo cuente el otro.
Eclipsamiento. Consiste en quitar el protagonismo del otro para colocarse en su lugar. Se manifiesta cuando alguien que debería ocupar un rol secundario acapara el centro de atención. Por ejemplo, quien en un tributo, en vez de destacar al homenajeado, se dedica a contar sus propias anécdotas.
Recriminación. El clásico pase de factura: cuando alguien alcanza una meta con esfuerzo, otra persona que colaboró se lo echa en cara, poniendo el énfasis en la ayuda prestada justo en el momento del triunfo.
Pesimismo ciego. Se presenta cuando alguien toma o expresa una decisión y su entorno responde con malos augurios, bajo la excusa de ayudar. Ejemplo: «Mirá que es muy difícil hacer eso en este momento. No te confíes. Cuanto menos te enganches, mejor, así después no sufrís.»
¿Cómo neutralizar estos mecanismos?
Reconocerlos es el primer paso. Hunsche señala que «hay una incomodidad manifiesta en cada mecanismo. Es importante detectar cuándo uno se encuentra en el lugar pasivo de cada invalidación y, también, cuándo se encuentra en el lugar activo generando dolor en el otro».
Moras sugiere recurrir a la psicoeducación, la comunicación asertiva y los límites claros. «Es necesario decir qué se necesita, qué se espera en tal o cual momento», aclara. Y destaca el valor de la autocompasión: «Ser amable con uno mismo, permitirse sentir sin juzgar y cultivar una actitud más comprensiva» es también una buena estrategia para transitar el bienestar en tiempos que demandan menos invalidación, más amor y empatía.


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