Durante la década de 1920, la Argentina experimentó una de las transformaciones culturales y sociales más veloces y profundas de su historia. Las grandes ciudades se vieron inundadas por la masificación de la radio, el fonógrafo, los espectáculos, el deporte y el turismo de masas. Fue la era en la que Buenos Aires vio nacer al colectivo, inauguró el icónico Palacio Barolo y vibró con la primera transmisión radial de la historia. En una apasionante charla en Escenario Mercenario, por Radiofónica, el escritor e historiador Daniel Balmaceda desmenuzó los detalles detrás de su libro Los años locos en la Argentina, un trabajo que bucea en una década bisagra cuyas costumbres y conquistas sociales siguen vigentes un siglo después.
A diferencia de la belle époque, un período donde el turismo y el deporte eran privilegios reservados únicamente para las familias más acomodadas, los años 20 abrieron el juego a toda la sociedad. Según explicó Balmaceda en el aire de la radio, esto fue posible gracias a dos factores clave como la mejora en los transportes y la conquista del tiempo libre: «Mientras que durante la belle époque había que trabajar sábados y mitad de los domingos, en los 20 aparece la posibilidad de disfrutar medio sábado y todo el domingo». Esta liberación horaria disparó la oferta de entretenimiento y, con la llegada del fonógrafo y la radio, «la música dejó de estar concentrada en un espacio físico presencial, diríamos ahora, y llegó a todas partes».
Lejos de ser un fenómeno político local, el historiador aclaró en la entrevista que se trató de una oleada mundial nacida de la necesidad de evadirse de las contingencias de la Primera Guerra Mundial. El deseo de consumo y recreación en la sociedad era tan fuerte que incluso incomodaba a los sectores políticos más tradicionales. De hecho, Balmaceda recordó que cuando vino la célebre bailarina francesa Josephine Baker a presentarse en Buenos Aires, al propio presidente Hipólito Yrigoyen «le parecieron un poco escandalosos los bailes y la poca ropa».
Uno de los hitos más disruptivos de la época fue la aparición de la juventud como un actor social independiente. «En las épocas anteriores no había una juventud definida, eran un apéndice de la familia», señaló el historiador para contrastar los cambios de época. Mientras que en 1910 las chicas iban a bailar vigiladas de cerca por madres, tías o madrinas que «se sentaban en una mesa y controlaban con la vista que no repitieran pareja y que no se apartaran de los grupos», en los años 20 esa rigidez desapareció por completo. Los jóvenes pasaron a tener un rol muy protagónico y a organizar, por iniciativa propia, actividades como picnics, fiestas y viajes grupales en tren hacia el interior del país: «Se subían a un tren y se iban hasta Mendoza para conocer, y todo por iniciativa de ellos. La juventud quedó muy marcada y fue mirada con mucha atención por el resto de la sociedad».
En sintonía con este despertar, las mujeres ganaron un terreno irreversible en el espacio público y laboral, en un contexto donde el feminismo ya venía empujando con fuerza. «Hacia 1910 tuvieron una presentación en sociedad importante y ya en el 20 tenían una ventaja muy grande porque el mundo se había despertado y se había dado cuenta de la importancia y el valor de la mujer fuera de la casa, trabajando, produciendo, generando proyectos», explicó Balmaceda. El historiador ejemplificó esto recordando que fue la época en la que Alfonsina Storni obtuvo un trabajo de creativa de marketing ganándole el puesto a unos 200 postulantes hombres, Victoria Ocampo se planteó fundar su icónica revista o Julieta Lanteri se subía a un cajón para dar discursos sobre los derechos de las mujeres ante cientos de hombres. Sin embargo, aclaró que «también hubo resistencia femenina», ya que el comienzo de la década ponía a la mujer en una frontera incómoda entre lo tradicional y lo nuevo, generando un constante «tire y afloje entre las propuestas de la nueva época y el mundo tradicional de los mayores».
El paisaje de las principales capitales de la región cambió drásticamente debido a la masificación del automóvil en calles que todavía no contaban con semáforos, volviendo el tránsito realmente caótico al cruzarse tranvías, autos, carruajes, taxis y los flamantes colectivos. La arquitectura también desafió los límites con la construcción del rascacielos Palacio Barolo, que alteró la fisonomía de una ciudad acostumbrada a construcciones bajas de seis a diez pisos. Esta enorme estructura despertó fuertes quejas de medios populares como el diario Crítica, ubicado justo enfrente, que no solo criticaba la obra sino que protestaba porque les tapaba la vista que tenían hasta ese momento.
Por las noches, la gran protagonista de la vida social era la radiofonía. Gracias a la constancia de un grupo de médicos conocidos como «los locos de la azotea», las transmisiones se convirtieron en un ritual comunitario muy particular. «Era tal el suceso de la radio que, por lo general, se juntaban vecinos y vecinas en las casas porque había un aparato cada 15 manzanas, entonces se juntaban a escucharla, sobre todo cuando había algún acontecimiento especial», relató el escritor. Al respecto, rescató un tierno recuerdo de infancia de Julio Cortázar de cuando se transmitió la mítica pelea entre el boxeador argentino Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey en 1923: «Él era un niño y recordaba cómo su casa se llenó de gente porque un tío suyo tenía una radio. Y también lo curioso era que la radio no transmitía la pelea, sino los cables de la pelea leídos de una manera teatral para darle un poco de énfasis a la noticia».
Los años 20 funcionaron además como la rampa de lanzamiento internacional para los mayores íconos culturales del país. Por un lado, Benito Quinquela Martín aprovechó su estrecha amistad con el presidente Marcelo T. de Alvear, quien le obsequió una obra del pintor boquense al Príncipe de Gales durante su visita oficial, convirtiéndolo desde entonces en un artista muy requerido en Europa. Por el otro, Carlos Gardel y José Razzano fueron convocados para agasajar al mismo príncipe británico en una estancia, en una velada que concluyó con una postal desopilante cuando los selectos invitados terminaron bailando tangos y cuecas abrazados entre sí, provocando «una sorpresa para los paisanos que miraban por la ventana cómo estos hombres se abrazaban y bailaban tangos, cuecas y todo tipo de música telúrica».
El desenfreno de los Años Locos, definido por Balmaceda como «años de consumo, de recreación, de no pensar mucho en el futuro, de vivir el momento e inclusive de endeudarse porque después se veía cómo resolver», chocó de frente contra la implacable crisis económica mundial de 1929, apagando la fiesta de golpe. Sin embargo, el historiador concluyó destacando que las bases de nuestra vida cotidiana actual se moldearon allí: «Si hoy vemos una mujer caminando con pantalones es porque se luchó en esa época para conseguirlo». Del mismo modo, recordó que si hoy un hombre puede caminar en mangas de camisa en pleno verano, es producto de una intensa campaña que hizo el diario Crítica para que no fueran castigados socialmente por sacarse el saco, demostrando que el deporte masivo, los espectáculos, el maquillaje y el turismo masivo que hoy disfrutamos en las grandes ciudades nacieron en esa inolvidable e irrepetible década de 1920.


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