En la madrugada del 26 de abril de 1986 aconteció una de las mayores tragedias contemporáneas. Fruto de la combinación de errores humanos y fallas de diseño, se generó una explosión en el reactor número 4 de la Central Nuclear de Chernobyl, ubicada en la entonces Unión Soviética. De este episodio derivó la liberación de una enorme cantidad de material radioactivo que se expandió por gran parte de Europa.
La secuencia que llevó a este suceso empezó horas antes, cuando los operadores intentaban comprobar si el sistema podía seguir funcionando ante un corte eléctrico. Sin respetar protocolos clave de seguridad, el reactor entró en una zona inestable y, pese a los intentos por contener la situación, una subida de potencia desencadenó explosiones internas que destruyeron la estructura. El material radiactivo fue expulsado a la atmósfera y el incendio posterior contribuyó a que la contaminación se propagara durante días.
Dos trabajadores murieron en el acto y decenas de bomberos y operarios acudieron al lugar sin contar con la protección adecuada, quedando expuestos a niveles letales de radiación.
En los días siguientes, las autoridades ordenaron la evacuación de más de 300.000 personas, incluyendo a los habitantes de la ciudad de Prípiat. Sin embargo, el gobierno soviético tardó en reconocer la gravedad del accidente, lo que agravó la exposición de la población y retrasó la respuesta internacional.
En los días siguientes, la nube radiactiva contaminó gravemente Ucrania, Bielorrusia y Rusia antes de extenderse por todo el continente europeo. La primera alerta pública se emitió solo dos días después, el 28 de abril, cuando Suecia detectó un pico en los niveles de radiación en su territorio.
Se estima que miles de personas fallecieron como consecuencia de la exposición a la radiación, aunque varían las estimaciones del número exacto de víctimas. Un informe de la ONU de 2005 estimó en 4.000 el número de muertes comprobadas o previstas en los tres países más afectados. Greenpeace calculó en 2006 que el desastre causó cerca de 100.000 muertos. Según Naciones Unidas, unas 600.000 personas que participaron en las operaciones de limpieza y contención, conocidas como «liquidadores», estuvieron expuestas a altos niveles de radiación.
Esta catástrofe aumentó el temor del público hacia la energía nuclear, lo que impulsó un auge de los movimientos antinucleares en toda Europa, además de fomentar proyectos vinculados a la salud, el medio ambiente y la seguridad nuclear.
Cuatro décadas después, el desastre sigue teniendo efectos visibles y medibles. Se estima que alrededor de 8,4 millones de personas en territorios que hoy pertenecen a Bielorrusia, Ucrania y Rusia estuvieron expuestas a distintos niveles de radiación.
La llamada “zona de exclusión”, que abarca unos 30 kilómetros alrededor de la central, permanece restringida, debido a la contaminación persistente. Grandes extensiones de tierra quedaron inutilizables para la agricultura y la vida cotidiana.


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