Hay personas que pueden enviar decenas de mensajes sin dificultad, pero se paralizan cuando suena el teléfono. No se trata solo de un hábito moderno ni de una rareza de época. En algunos casos, evitar una llamada, dejar sonar el celular o postergar una gestión básica puede ser la señal de algo más profundo: ansiedad social, temor al juicio ajeno o una incomodidad intensa frente a la exposición.
El investigador alemán Borwin Bandelow, especialista en ansiedad, lo plantea sin rodeos: «Quienes temen hacer llamadas telefónicas sufren de fobia social.» Y agrega que muchas de estas personas tienen «un miedo infundado a ser criticadas o avergonzadas por los demás». No se trata, entonces, de no tener ganas de hablar, sino de sentir que del otro lado puede aparecer la crítica, el ridículo o el error.
Ese temor no se limita al teléfono. Según Bandelow, también puede manifestarse en exámenes, presentaciones o cualquier situación en la que alguien sienta que está siendo observado o evaluado. La llamada agrega una dificultad particular: obliga a responder en el momento, sin posibilidad de editar ni pensar demasiado. Ahí reside buena parte del malestar anticipado.
Cuando llamar genera angustia
Para quienes lo padecen, hablar por teléfono puede resultar mucho más exigente de lo que parece desde afuera. Bandelow define este cuadro como «una forma exacerbada de timidez», lo que ayuda a entender por qué muchas de estas personas no solo evitan llamadas, sino también fiestas, encuentros sociales o situaciones desconocidas.
Cristina Barambio añade otro matiz al señalar que la fobia social implica «un miedo excesivo e irracional a las situaciones sociales en las que el individuo puede ser evaluado.» En una llamada, ese miedo puede intensificarse porque no hay apoyos visuales, gestos ni señales del otro que ayuden a ordenar la conversación. Solo queda la voz y la necesidad de responder de inmediato.
Muchas personas describen el mismo circuito: miedo a quedarse en blanco, a decir algo ridículo, a que se note la incomodidad o a arrepentirse de lo dicho. Por eso, el mensaje escrito suele percibirse como un espacio más seguro: permite pensar, corregir y mantener cierta distancia, lo que genera una mayor sensación de control.
Por qué los mensajes parecen más fáciles
La mensajería instantánea transformó la forma de comunicarse, pero no creó este problema. Bandelow recuerda que antes podía ser peor, porque directamente no se sabía quién estaba del otro lado de la línea. Hoy, en cambio, muchas personas evitan las llamadas porque sienten que irrumpen sin aviso y exigen una respuesta inmediata.
Entre las razones más frecuentes que señalan los especialistas se encuentran el miedo al juicio del otro, la necesidad de reflexionar antes de responder, la incomodidad con la inmediatez, el temor al silencio y los antecedentes de malas experiencias o críticas recibidas por teléfono.
Barambio también advierte que, en los casos más graves, una llamada puede desencadenar síntomas físicos: dolor de estómago, náuseas, palpitaciones, falta de aire, hiperventilación, boca seca e incluso ataques de pánico. En esos casos ya no se trata de una simple preferencia por escribir, sino de una evitación que puede interferir con la vida cotidiana.
Cuándo conviene pedir ayuda
El problema adquiere relevancia cuando empieza a limitar situaciones concretas: pedir un turno médico, responder cuestiones laborales, resolver trámites o mantener vínculos personales. Si una persona organiza su rutina para no llamar ni atender, conviene consultar con un profesional.
Bandelow recomienda buscar tratamiento cuando hay fobia social. Según explica, la terapia conductual puede ser de utilidad porque permite trabajar de manera gradual y guiada las situaciones temidas. En algunos casos, también pueden indicarse medicamentos como antidepresivos, especialmente cuando la fobia se presenta en forma severa.
Barambio coincide en que, si esa dificultad interfiere demasiado con la rutina, no conviene minimizarla. Porque detrás de algo que a veces se toma a la ligera —»no le gusta hablar por teléfono»— puede haber una ansiedad real, sostenida y muy limitante.
En definitiva, no todas las personas que evitan las llamadas presentan un trastorno. Pero cuando el teléfono deja de ser una molestia y se convierte en una fuente de angustia, evitación o bloqueo, vale la pena prestarle atención. A veces, lo que parece una simple costumbre moderna es, en realidad, una señal de que algo en el vínculo con los demás está costando más de lo que se ve.


Seguinos