Las protectoras de animales advierten que, a medida que se acerca Halloween, crecen los pedidos para “adoptar” gatos negros con fines esotéricos. Detrás de esa demanda hay una superstición con siglos de historia que, paradójicamente, nació de una época en la que estos felinos eran símbolo de buena suerte.
Cada vez que se acerca el final de octubre, las agrupaciones proteccionistas de Rosario vuelven a encender las alarmas. En esta época crecen los pedidos para “adoptar” gatos negros que, en realidad, tienen como destino rituales y trabajos esotéricos. “A partir del 10 o 15 de octubre notamos que empiezan los pedidos de ‘quiero un gatito negro’ por todos lados”, advirtió la presidenta de la Protectora Rosarina, Cintia Di Mónaco.
La asociación entre estos animales y la mala suerte, sin embargo, no nació con Halloween. Tiene siglos de historia y, durante buena parte de ese tiempo, los gatos negros representaron exactamente lo contrario.
De dioses a demonios
En el Antiguo Egipto, los gatos de cualquier color eran venerados como protectores y símbolo de buena suerte y prosperidad. La diosa Bastet, encargada de cuidar los hogares, se representaba incluso con cabeza felina, una muestra del lugar privilegiado que ocupaban en aquella cultura.
La mala fama llegó muchos siglos después, de la mano de la expansión del cristianismo en Europa. Según la Enciclopedia Británica, la visión negativa del gato negro se consolidó recién a partir del siglo XV, cuando la demonología occidental empezó a presentarlos como “familiares” de las brujas. En esa cosmovisión, aquellos acompañantes eran en verdad demonios con forma animal, y el felino negro figuraba entre sus apariencias más comunes, junto con ranas, perros e insectos.
La caza de brujas, la peste y un prejuicio que no murió
La creencia de que las brujas podían convertirse en gatos negros para espiar y lanzar hechizos alimentó, entre los siglos XIV y XVII, una verdadera persecución de estos animales, en paralelo a la caza de brujas que atravesaba Europa. En esa misma época, además, quedaron asociados a los brotes de peste: como todavía no se sabía que la enfermedad la causaba una bacteria transmitida por las pulgas de los roedores, la superstición encontró en ellos un chivo expiatorio ideal.
El prejuicio cruzó el Atlántico con la colonización. Los juicios por brujería de Salem, en el siglo XVII, terminaron de instalar en Norteamérica la idea de que estos felinos eran cómplices del mal, una imagen que llegó hasta nuestros días.
No en todas partes traen mala suerte
La superstición, de todos modos, nunca fue universal. En el folclore británico, tener un gato negro en casa se considera señal de buena suerte y felicidad, mientras que en Japón los tradicionales maneki-neko, los “gatos de la fortuna”, también tienen una versión negra a la que se le atribuye el poder de proteger del mal.
Así, la demanda de gatos negros para rituales convive con otras tradiciones que los ven como guardianes y no como amenazas. Una prueba más de que su mala fama depende de la mirada de cada cultura y no de algo propio del animal.
Un fenómeno que se repite en distintos países
La alerta rosarina no es un caso aislado. En Málaga, España, varias protectoras suspenden cada año, desde octubre, la entrega en adopción de gatos y perros completamente negros o blancos, una medida que sostienen desde que en 2013 se descubrieron restos de rituales con plumas y sangre en el Monte Gibralfaro. La misma precaución se aplica en Madrid, Tarrasa y Barcelona.
En definitiva, es la misma superstición de hace seiscientos años la que, cada vez que se acerca Halloween, sigue poniendo en riesgo a estos animales.
En Rosario, el canal oficial es el 147, la línea de atención de la Municipalidad. Según la información disponible, es el número al que los vecinos llaman para reportar presunto maltrato animal, y las denuncias las toma la Oficina de Protección Animal, que depende de la Secretaría de Control y Convivencia.
Además, el maltrato y la crueldad animal son delitos en Argentina (Ley 14.346), así que si hay un animal en peligro concreto también se puede hacer la denuncia en cualquier comisaría o en la Fiscalía.


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