Las enfermedades neumocócicas constituyen un grupo de infecciones causadas por la bacteria Streptococcus pneumoniae, un microorganismo que suele habitar de manera habitual en la nasofaringe de las personas. Aunque en muchos casos no genera síntomas, puede derivar en patologías que van desde cuadros leves hasta afecciones graves y potencialmente mortales. Para hablar acerca del tema, el equipo de Escenario Mercenario recibió la visita de Marianela Ruani, del Colegio de Farmacéuticos.
Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran la otitis y la sinusitis. Sin embargo, en su forma invasiva, esta bacteria puede provocar enfermedades como neumonía, meningitis o sepsis, con mayor riesgo en niños menores de cinco años, adultos mayores de 65 y personas con el sistema inmunológico comprometido.
La vacunación, eje central de la prevención
Frente a este escenario, la vacunación se posiciona como la herramienta más efectiva para reducir tanto la incidencia como la mortalidad asociada a estas infecciones. Además de proteger de manera individual, su aplicación contribuye a disminuir la circulación de la bacteria en la comunidad, generando un impacto sanitario a largo plazo.
Qué vacunas existen
Actualmente, hay dos grandes tipos de vacunas antineumocócicas disponibles:
- Vacuna polisacárida (VPN23): cubre 23 serotipos de la bacteria. Está indicada a partir de los 2 años y genera una respuesta inmune sin memoria.
- Vacunas conjugadas (VCN13 y VCN20): pueden aplicarse desde las primeras semanas de vida y también en adultos. A diferencia de la anterior, generan memoria inmunológica y reducen la colonización nasofaríngea.
Mientras que las vacunas conjugadas ofrecen una protección más duradera y un mayor impacto comunitario, la polisacárida amplía el espectro de cobertura frente a distintos serotipos.
Esquemas según cada caso
La forma de aplicación varía según la edad, los factores de riesgo y los antecedentes de vacunación. En personas sin inmunización previa, se recomienda una dosis de vacuna conjugada de mayor cobertura —como la VCN20— en grupos de riesgo y mayores de 65 años.
En quienes ya cuentan con esquemas previos, las indicaciones dependen de las dosis recibidas y los intervalos entre ellas. En situaciones especiales, como pacientes trasplantados, pueden ser necesarios esquemas más complejos con refuerzos adicionales.
Respetar los intervalos y las indicaciones médicas es fundamental para garantizar una respuesta inmunológica adecuada.
El rol del farmacéutico
Dentro del sistema de salud, el farmacéutico cumple una función clave en la prevención. Su trabajo incluye evaluar antecedentes vacunales, detectar factores de riesgo, aplicar correctamente las dosis y registrar cada vacunación.
Además, se trata de un profesional accesible para la comunidad, capaz de brindar información confiable y fomentar el cumplimiento de los esquemas de inmunización.
Hábitos que también protegen
La prevención no se limita a las vacunas. Incorporar hábitos saludables resulta esencial para reducir el riesgo de infección: lavado frecuente de manos, evitar el tabaquismo, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física y sostener una adecuada higiene respiratoria.
En conjunto, estas medidas permiten enfrentar de manera más eficaz a una enfermedad que, aunque prevenible, sigue representando un desafío para la salud pública.
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