Los amigos son parte de nuestra vida y, en muchos casos, se convierten en parte de nuestra familia. Por eso, cuando el vínculo con algún amigo se rompe, el dolor puede ser igual o incluso peor al de una ruptura de pareja. La realidad es que cuando una amistad se termina no se desvanece únicamente una relación. «Estamos perdiendo una parte de nuestra historia, una figura significativa en nuestra vida y, en muchos casos, una versión de nosotros mismos que existía dentro de ese vínculo», señala la psicóloga clínica Laura Fuster.
Cuando hablamos de duelo por una separación solemos pensar automáticamente en la pérdida de una pareja, pero los psicólogos observan en sus consultas que las rupturas de amistad generan un sufrimiento muy profundo que a menudo pasa desapercibido o, incluso, es minimizado por el entorno. «Muchas personas se sorprenden de la intensidad de su dolor porque sienten que solo era una amistad, cuando psicológicamente sabemos que algunas amistades ocupan un lugar central en nuestra identidad y en nuestro bienestar emocional», señala Laura Fuster.
Las amistades construyen quiénes somos
Uno de los motivos por los que estas pérdidas resultan tan dolorosas es que las amistades no son únicamente vínculos afectivos, sino que participan activamente en la construcción de nuestra identidad.
Nuestros amigos son testigos de nuestras distintas etapas vitales, conocen nuestra historia, compartieron momentos importantes y recuerdan versiones de nosotros mismos que quizás ya no existen. «Estuvieron presentes en nuestros logros, nuestras crisis, nuestros cambios y nuestras decisiones», indica Fuster. Por eso, cuando una amistad termina no solo desaparece una persona de la vida de otra: «También desaparece alguien que sostenía una parte de nuestra memoria emocional».
Lo que significa perder una amistad
Perder una amistad implica, en muchas ocasiones:
- Perder una historia compartida.
- Perder una fuente importante de validación emocional.
- Perder rutinas, códigos y recuerdos construidos durante años.
- Perder una mirada que nos ayudaba a entender quiénes éramos.
Esto explica por qué el dolor puede ser tan intenso, indica la experta, porque no solo perdemos a la persona: también perdemos una versión de nosotros mismos.
Hay un aspecto especialmente interesante desde el punto de vista psicológico, según Fuster, y es que cada relación activa facetas diferentes de nuestra personalidad. Tenemos amigos con los que somos más espontáneos, otros con los que mostramos nuestra vulnerabilidad y otros que nos conectan con etapas muy concretas de nuestra vida.
«Algunas amistades nos recuerdan quiénes éramos antes de determinadas experiencias o nos permiten expresar partes de nosotros que no aparecen en otros contextos», dijo. La consecuencia es que cuando esa amistad desaparece, también puede hacerlo temporalmente el acceso a esa versión de nosotros mismos. Por eso, muchas personas describen estas pérdidas diciendo frases como «siento que he perdido una parte de mí», explica la psicóloga.
El final no siempre es esperado
«En nuestra consulta de psicología vemos que, cuando una amistad termina, no solo aparece la tristeza por la pérdida. También aparece el shock emocional de descubrir que algo que considerábamos permanente no lo era y uno de los aspectos más complejos de las rupturas de amistad y que más trabajamos en nuestras sesiones es que muchas veces no terminan de manera clara», indica Fuster, en el sentido de que:
- No suele existir una conversación definitiva.
- No suele haber una despedida.
- No suele haber una explicación explícita.
Lo más habitual es que la relación se vaya apagando progresivamente: los mensajes se espacian, los encuentros disminuyen, la confianza se debilita y, poco a poco, ambas personas dejan de ocupar el lugar que antes tenían en la vida de la otra.
Esta ambigüedad resulta especialmente difícil de gestionar porque nuestro cerebro necesita comprender lo que ha ocurrido para poder elaborar una pérdida, precisa Laura Fuster.


Seguinos