En una Argentina atravesada por el ritmo acelerado, las notificaciones constantes y el estrés económico, hay un aspecto de la vida cotidiana que también quedó relegado: el deseo sexual. Un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la UBA pone en cifras una percepción extendida: la vida íntima no atraviesa su mejor momento.
Los datos son contundentes: solo el 15,8% de los encuestados se declara “muy satisfecho” con su vida sexual y un 17,4% “algo satisfecho”. En conjunto, apenas el 33,2% —uno de cada tres argentinos— manifiesta conformidad. En el centro aparece una mayoría que refleja apatía: el 40,95% afirma estar “ni satisfecho ni insatisfecho”. Mientras tanto, más de un cuarto reconoce malestar: un 12,65% se considera “algo insatisfecho” y un 13,15% “muy insatisfecho”.
Detrás de los números hay experiencias concretas. Una mujer de 38 años describe una escena frecuente: “No es que no me guste, pero me cuesta conectar porque llego muy cansada del trabajo. Muchas veces apuesto por algo rápido como para cumplir”. En la misma línea, un docente de Bariloche cuenta: “Los dos llegamos muertos de dar clases todo el día y, cuando quedan algo de ganas, muchas veces se diluyen porque nuestra hija, de cinco años, se pasa casi siempre a nuestra cama”.
El sexo, entonces, no desaparece, pero se posterga o se diluye. El especialista Walter Ghedin explica que el fenómeno responde a múltiples factores: “Lo que vemos en la práctica clínica, ya desde hace un tiempo a esta parte, es la disminución en el deseo sexual, tanto en parejas jóvenes como de mediana edad”. Y agrega un dato llamativo: “Los que más están teniendo relaciones sexuales son los que superan los cincuenta, los sesenta, que se están volviendo a reencontrar”.
Entre las causas, aparece con fuerza el uso del celular. “Me libero a la noche mirando cualquier cosa, me hago un lavado de cabeza y el sexo queda de lado”, describe el especialista, quien además advierte: “El uso también de los teléfonos en la cama ha aumentado el insomnio”.
Las pantallas no solo compiten con la intimidad, sino que también generan expectativas irreales. “Asistimos a una sucesión de imágenes, donde hay una hipersexualización, como si todo fuera posible. Esto genera un efecto contrario en la intimidad”, señala Ghedin.
Otro factor relevante es el aumento en el consumo de psicofármacos. “Las personas están muy medicadas. Hoy hay un aumento en el porcentaje del uso de psicofármacos por los trastornos de ansiedad. Estos provocan en una cantidad importante de pacientes disminución del deseo sexual”, explica.
El problema, en realidad, comienza antes de llegar a la cama. El informe del OPSA indica que el 52,4% de la población siente que atraviesa una “crisis vital”, más de la mitad duerme mal y solo el 22,2% logra un descanso adecuado. En este contexto, esperar que el deseo surja de manera espontánea resulta poco realista.
Como advierten los especialistas, “el síntoma sexual es solo la puerta de entrada a un problema vincular”. La falta de deseo muchas veces refleja desconexión emocional, sobrecarga mental o agotamiento.
En paralelo, otro aspecto preocupa: la falta de campañas sostenidas, la discontinuidad de programas de educación sexual y las dificultades de acceso a la salud favorecen el avance de infecciones como la sífilis. A nivel global, en 2022 se registraron 8 millones de nuevos casos en adultos y más de 3 millones en América, con un crecimiento cercano al 30% respecto a 2020.
Así, aunque el fenómeno es mundial, en Argentina también expone una deuda estructural en materia de prevención y políticas de salud pública.


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