La muerte del Indio Solari reavivó el legado de una banda que trascendió la música para volverse símbolo de identidad popular. Entre discos, recitales multitudinarios y letras cargadas de imágenes urbanas y políticas, algunas canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota quedaron grabadas como himnos inevitables del rock argentino.
Ji ji ji ocupa un lugar central en esa historia. Publicada en Oktubre (1986), se transformó en fenómeno colectivo gracias al célebre «pogo más grande del mundo», postal inseparable de los recitales ricoteros. Su ritmo frenético y su energía desbordada la convirtieron en una pieza emblemática de la cultura popular.
Juguetes perdidos, incluida en Luzbelito (1996), condensó el costado más melancólico y generacional de Los Redondos. Con versos que retratan desencanto, marginalidad y resistencia emocional, con el tiempo se volvió uno de los temas más coreados por el público.
La bestia pop, del disco Gulp! (1985), consolidó el perfil contestatario y callejero de la banda. Su mezcla de ironía, crítica social y potencia rockera sintetizó el espíritu ricotero de fines de los ochenta y abrió el camino hacia la masividad definitiva del grupo.
En la misma línea, Preso en mi ciudad, también de Oktubre, retrató el clima opresivo de las grandes urbes y la sensación de encierro social. La mirada del Indio y la guitarra de Skay Beilinson construyeron allí uno de los relatos más oscuros y lúcidos del rock nacional.
La lista se completa con Un ángel para tu soledad, de Lobo suelto, cordero atado (1993), que amplió el alcance popular de Los Redondos mostrando una faceta más accesible sin perder la densidad poética que los caracterizó.
Con nueve discos de estudio y una influencia que atravesó generaciones, Los Redondos construyeron una obra que sigue vigente más allá de su separación en 2001. La muerte del Indio, a los 77 años, vuelve a poner en primer plano un repertorio que para miles de seguidores forma parte de la memoria emocional argentina.


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