En lo que va de 2026, el planeta ya registró cerca de 10.000 sismos, aunque la inmensa mayoría pasan inadvertidos por su baja intensidad. Sin embargo, este año se destacó por una seguidilla de terremotos fuertes en Japón, Malasia, Filipinas, México e Indonesia, a los que se sumaron dos episodios especialmente graves en América Latina: Colombia, con una magnitud de 7,4, y Venezuela, con un sismo de entre 7,2 y 7,5, que derrumbó edificios y dejó numerosas víctimas fatales.
La coincidencia temporal de estos eventos reavivó una pregunta frecuente: ¿estamos ante una «epidemia» de terremotos? Los especialistas son categóricos al respecto: no. Lo que cambió no es la frecuencia de los sismos, sino la capacidad para detectarlos y la velocidad con la que se difunden en las redes y los medios.
Qué es un terremoto y por qué ocurre
La palabra «terremoto» proviene del latín terra y motus («movimiento»), aunque en términos científicos el nombre correcto es sismo. Su origen está en la estructura misma del planeta: bajo la corteza terrestre —una capa delgada y rígida, comparable a la cáscara de un huevo— existe un manto más blando y, en el centro, un núcleo sólido de hierro y níquel.
Esa «cáscara» no es lisa ni continua: está fragmentada en placas tectónicas que se desplazan constantemente, aunque a un ritmo casi imperceptible, de apenas centímetros o milímetros por año. Cuando dos placas chocan, se rozan o una se desliza por debajo de la otra, la tensión acumulada se libera de golpe en forma de energía sísmica. Ese proceso explica, por ejemplo, la formación de la cordillera de los Andes, producto del encuentro entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana.
Los países con mayor actividad sísmica del planeta —Japón, China, Filipinas, Indonesia y Chile— se ubican justamente sobre los bordes de placas, en la región conocida como el Cinturón de Fuego del Pacífico, que concentra la mayoría de los terremotos y volcanes del mundo.
Cómo se mide la magnitud
La energía liberada por un sismo se mide en magnitud, una escala que no es lineal: cada punto representa una liberación de energía diez veces mayor que el anterior. Es decir, un terremoto de magnitud 7 no es «un poco más fuerte» que uno de magnitud 6, sino diez veces más potente, y miles de veces más que uno de magnitud 4.
El mayor sismo medido hasta ahora ocurrió en el sur de Chile en 1960, con una magnitud de 9,5. Pero mayor magnitud no equivale automáticamente a más víctimas: la letalidad de un terremoto depende también de la profundidad del hipocentro, de si el epicentro se ubica cerca de zonas pobladas, del riesgo de tsunami asociado y, sobre todo, de si las construcciones están preparadas para resistir el movimiento.
Ahí entra en juego un fenómeno clave: la resonancia, que ocurre cuando la frecuencia de vibración del suelo coincide con la del edificio, amplificando el daño estructural. Por eso países como Chile y Japón, con normativas antisísmicas estrictas, sufren muchas menos pérdidas humanas que países con menor infraestructura preparada, como ocurrió en Haití o, más recientemente, en Venezuela.
Colombia y Venezuela: ¿casualidad o mismo fenómeno?
Los sismos recientes en Colombia y Venezuela comparten una causa común —la dinámica de las placas en el norte de Sudamérica— pero no están directamente conectados entre sí. El de Colombia se originó por el movimiento de subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana, mientras que el de Venezuela respondió al roce entre la placa Sudamericana y la pequeña placa del Caribe.
El caso argentino: por qué el oeste del país vive en alerta constante
A diferencia de Brasil, que se encuentra lejos de cualquier límite de placas, Argentina sí convive con una actividad sísmica significativa, concentrada principalmente en el oeste y noroeste del país. El fenómeno responde a la misma lógica que ya vimos en Colombia: la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana.
San Juan y Mendoza son las provincias de mayor peligrosidad sísmica, según el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), que clasifica al país en cinco zonas de riesgo (de 0 a 4). El sur de San Juan y el norte de Mendoza integran la Zona 4, la de mayor exposición. Un dato curioso: en esa región la subducción es «plana» —es decir, la placa de Nazca se introduce casi sin ángulo de inclinación—, una característica que solo se da en menos del 10% de los lugares del mundo y que explica la alta frecuencia de sismos en San Juan, pese a que la provincia no tiene volcanes activos.
Argentina también tiene su propia memoria de tragedias sísmicas:
- Mendoza, 1861: un terremoto destruyó gran parte de la ciudad y provocó miles de muertes.
- San Juan, 1944: el sismo más grave de la historia argentina, con cerca de 10.000 víctimas fatales.
- Caucete (San Juan), 1977: un inusual «doblete sísmico», con dos eventos de magnitud similar separados por apenas treinta segundos.
Especialistas consultados tras los sismos de Colombia y Venezuela coincidieron en que esos eventos no incrementan el riesgo sísmico argentino: aunque los tres países comparten la placa Sudamericana, cada uno interactúa con placas vecinas distintas. La excepción son los grandes terremotos en Chile, que sí pueden repercutir en el oeste argentino por pertenecer al mismo sistema tectónico.
Un fenómeno que no se puede predecir
Pese a los avances tecnológicos, la ciencia todavía no puede anticipar cuándo va a ocurrir un terremoto. Sí es posible, en cambio, identificar con precisión las zonas de mayor probabilidad y, en el caso de los tsunamis derivados de sismos oceánicos, emitir alertas tempranas que dan tiempo a la evacuación, ya que las olas tardan horas en llegar a la costa.
Lo que sí queda claro, según coinciden los especialistas, es que el aumento en el número de terremotos «registrados» en los últimos años responde a la mejora en los instrumentos de detección y a la mayor circulación de información, no a un cambio real en la actividad geológica del planeta —y mucho menos a una relación con el calentamiento global, que es un fenómeno atmosférico sin vínculo con la dinámica de placas tectónicas.




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