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Maestra, directora y portera: la historia de Mirta, que sostiene sola una escuela rural en Entre Ríos a un año de jubilarse


Todos los días, poco antes del mediodía, Mirta Celina Cardoso pone en marcha su auto y recorre 20 kilómetros de tierra desde la ciudad entrerriana de Nogoyá hasta la Escuela Rural N° 7 «Calá», en el Distrito Sauce. Para ella no es un camino cualquiera: es el regreso al lugar donde creció.

Con más de una década en la institución, Mirta es todo a la vez: docente, directora y portera. Una sola persona para sostener un establecimiento donde hoy estudian nueve chicos de distintas edades.

Una mañana que empieza tempranito

«Mi día comienza tempranito. Estoy en este momento preparando las clases para hoy. Ingresamos a la escuela a las 12:30 hasta las 17:30», contó la maestra sobre su rutina diaria, que en octubre se traslada al turno mañana.

Al llegar, el ritual es siempre el mismo: abrir la escuela, recibir a los chicos, izar la bandera, cantar el himno y arrancar con las actividades. En el único salón disponible conviven tres alumnos de nivel inicial —de cuatro y cinco años— y seis de primaria, entre tercero, cuarto y sexto grado. «Los chiquitos de nivel inicial tienen su mesita, hacen sus trabajitos ahí», describió.

De su bolsillo, sin pensarlo dos veces

Las carencias van mucho más allá de lo pedagógico. La escuela no tiene comedor, así que Mirta gestiona ella misma el refrigerio diario y lleva una vianda para cada alumno. Tampoco hay computadoras, televisores ni equipos de sonido. La conexión a internet la pagan las propias familias. Y cuando algo se rompe o falta material, la solución también sale de su propio bolsillo.

«Siempre uno está pensando en su escuela, en que esté bien, y siempre que se puede colaborar uno lo hace sin pensar. Ya sea para comprar materiales para los chicos, ya sea porque se rompió algo», reconoció. Cartulinas, afiches, pequeñas reparaciones: gastos cotidianos que la cooperadora de padres ayuda a cubrir en la medida de sus posibilidades.

Una vocación que arrancó lejos de casa

Mirta se recibió en 1997 y sus primeros años como maestra los vivió a 100 kilómetros de su hogar, en Crucecita Séptima, donde trabajó durante una década. Se fue con su marido y su hijo Martín, que tenía apenas un año. «Lo dejaba con los abuelos», recordó con la voz quebrada. Con el tiempo, la vida la trajo de regreso a sus raíces.

Hoy, otro desafío ocupa sus gestiones: conseguir transporte escolar para los alumnos que viven a casi 10 kilómetros de la escuela y no pueden movilizarse solos por los caminos de tierra.

«Me siento feliz y con mucha fuerza para seguir»

A un año de jubilarse, Mirta no habla de cansancio. Habla de las familias que la acompañan, de los chicos que llegan puntuales y cumplen con sus tareas, del vínculo comunitario que sostiene todo.

«La verdad me siento feliz y con mucha fuerza para seguir», concluyó la maestra que, cada tarde, vuelve a recorrer esos 20 kilómetros de tierra con la misma convicción del primer día.

QUINI