El costo de asistir al Mundial 2026 en Estados Unidos, México y Canadá se convirtió en un tema de debate internacional. Según The Economist, el torneo es el evento cultural más caro de la historia en términos de acceso para el público: los boletos para la fase de grupos promediaron los 200 dólares, y la tarifa mínima para la final llegó a 2.030 dólares.
Un modelo de precios sin precedentes
Para esta edición, la FIFA tomó el control total del ticketing por primera vez, reemplazó a los operadores locales e implementó precios dinámicos —que suben según la demanda— junto a un mercado oficial de reventa con una comisión del 15% para comprador y vendedor. El resultado: entradas que, ajustando por inflación, cuestan más del doble que en Qatar 2022 y cerca de cuatro veces más que en el Mundial de 1994, también organizado en Estados Unidos.
En el mercado secundario, algunas localidades para la final se relistaron por hasta dos millones de dólares. Ver los tres partidos de la fase de grupos de Brasil en la reventa costaba unos 3.800 dólares; los seguidores de Cabo Verde, debutante en el torneo, debían desembolsar alrededor de 1.000. A modo de comparación, el boleto más accesible para la final de la Champions League europea rondó los 200 dólares.
La demanda no respondió como se esperaba
La estrategia generó consecuencias imprevistas. Según Newsweek, los precios en plataformas secundarias y en el canal oficial comenzaron a caer de forma significativa antes del inicio del torneo. El partido inaugural entre Estados Unidos y Paraguay registró una baja superior al 30% en el último mes; el promedio de reducción en partidos en territorio estadounidense llegó al 24%, con algunos encuentros que sufrieron recortes de más del 50%. Entre los casos más pronunciados: Australia vs. Turquía (-60%), Irak vs. Noruega (-54%) y Paraguay vs. Turquía (-53%).
Scott Friedman, conductor del programa Ticket Talk, fue contundente: «FIFA sobrestimó la demanda y esto les está costando caro. Los precios fueron demasiado altos en los 104 partidos, fue un desastre completo, y se verán obligados a bajarlos mucho en los próximos 30 días.»
Hoteles con reservas por debajo de lo proyectado
La contracción de la demanda impactó también en el turismo. Según la American Hotel and Lodging Association (AHLA), el 80% de los operadores hoteleros en ciudades anfitrionas estadounidenses reconoció cifras por debajo de sus proyecciones; en Kansas City, ese porcentaje trepó a entre el 85% y el 90%. El presidente de la Hotel Association of New York City, Vijay Dandapani, señaló que casi la mitad de los hoteles de la ciudad no percibió un aumento significativo en reservas por el Mundial, y los operadores estimaron una pérdida superior a los 100 millones de dólares en ingresos por habitaciones.
Entre los factores que explican la baja, los especialistas señalan barreras de visado y preocupaciones geopolíticas: entre el 65% y el 70% de los operadores los identificaron como determinantes. En respuesta, el Departamento de Estado eliminó una fianza de 15.000 dólares para solicitantes de visa de 50 países que posean entrada al torneo.
El riesgo del público premium
The Economist advierte además sobre un efecto colateral: los espectadores con mayor poder adquisitivo tienden a ser menos ruidosos y apasionados, lo que deteriora el ambiente en los estadios y, por extensión, la calidad de las transmisiones televisivas. El mariscal de campo de los Cincinnati Bengals, Joe Burrow, describió la atmósfera del Super Bowl de 2022 como «similar a una cena corporativa», en contraste con la efervescencia esperada en un evento masivo. El propio medio recordó que en el último Mundial de Clubes la FIFA trasladó espectadores hacia las cámaras para disimular la baja asistencia, un antecedente que suma presión sobre la organización.
A pesar de todo, tanto la FIFA como la industria hotelera confían en que los estadios se llenarán una vez que el torneo arranque.



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