La Feria Internacional del Libro Rosario 2026 (FILRos) cerró este domingo sus puertas en el Cultural Fontanarrosa y dejó un balance especial en el público más joven: unos 4.000 estudiantes de escuelas primarias y secundarias la recorrieron a lo largo de su edición. En promedio, alrededor de 700 chicos y chicas por día pasaron por la feria en visitas guiadas pensadas especialmente para ellos.
La propuesta fue diseñada por el Plan de Lectura Rosario Lee, el programa municipal que promueve la lectura en la ciudad, y participaron escuelas públicas y privadas de Rosario y alrededores. La idea no era solo pasear entre los stands, sino ofrecer una experiencia completa que combinara libros, juego, teatro y el contacto con autores rosarinos, para que la lectura se viviera como algo cercano y no como una obligación escolar.
Cómo fue la visita: recorrida, taller y teatro
Cada grupo arrancaba con una recorrida guiada por la carpa y el centro cultural, donde los chicos se encontraban con libros, jugaban con sus títulos y descubrían las editoriales de la ciudad. En el camino surgían preguntas que disparaban la curiosidad, como de dónde viene la palabra “libro” o qué otras cosas, además de letras, pueden aparecer en sus páginas.
Después, cada grupo participaba de uno de tres talleres creados para las visitas escolares: Borges infinito, Leer la ciudad y Escuchar la ciudad. El objetivo, según explicaron los organizadores, era cruzar la lectura y la escritura con otros lenguajes artísticos, como el sonido, el cuerpo o la narración oral, y propiciar un encuentro con escritoras y escritores locales.
El cierre de la jornada era en el teatro. Las escuelas secundarias asistieron a la Sala Lavardén para ver Territorio Coraje. Juana Azurduy y la lucha colectiva, mientras que las primarias fueron al Teatro Municipal La Comedia para disfrutar de Belgrano hace bandera y le sale de primera.
Los tres talleres: Borges, el mapa de Rosario y sus sonidos
Borges infinito fue la propuesta central de este año, ya que se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges. A través de imágenes, juegos y narración oral, los estudiantes se acercaron a sus relatos más conocidos y a los temas que obsesionaron al autor. En primaria se hizo un repaso por su vida y obra en clave lúdica, mientras que en secundaria se sumó el actor y narrador oral Lautaro Lamas, con una obra basada en sus cuentos. Desde el Plan de Lectura explicaron el sentido de la actividad: “Siempre tenemos esa idea de Borges como ese señor grande que escribía libros y que en realidad, por ejemplo, su primer libro lo escribió a los 9 años. Entonces eso también es un anclaje para los chicos, para pensar que todos podemos ser escritores, todos podemos escribir y tenemos algo que contar”.
En Leer la ciudad, el punto de partida fue el libro Rosario ilustrada. Con mapas de la ciudad y fichas de escritores que ambientaron sus historias en distintos barrios, como Roberto Fontanarrosa, Rosa Wernicke, Angélica Gorodischer y Francisco Gandolfo, los chicos eligieron un lugar de Rosario que sintieran propio y escribieron en grupo su propia historia, inspirados también por un poema de Elvio Gandolfo.
Escuchar la ciudad, en tanto, propuso algo distinto: entrar a la sala en silencio, con los ojos cerrados y acostados sobre mantas, para prestar atención a sonidos cotidianos que suelen pasar desapercibidos, como el tren, el río, los pájaros o los colectivos. Los audios fueron seleccionados del sitio web Sonidos de Rosario, de Adolfo Corts. A partir de lo que cada uno sintió y percibió, el taller terminó con “susurradores”, unos tubos para decir al oído fragmentos de relatos de autores rosarinos a los compañeros.
Lo que sigue en el aula
La experiencia no termina con la salida de la feria. Todas las escuelas que hicieron el recorrido reciben un material para docentes con información sobre lo trabajado, videos, lecturas recomendadas, juegos y propuestas pedagógicas, para que los alumnos puedan seguir investigando la vida y obra de autores rosarinos en clase.
Las instituciones que fueron sin turno también tuvieron su alternativa. En el mostrador de recepción podían pedir un “comecocos”, ese juego de papel plegado que muchos recuerdan de la infancia, que funcionaba como guía para un recorrido libre: con las preguntas que traía, los chicos salían a buscar autores rosarinos conocidos y desconocidos, títulos, editoriales independientes y juegos.


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