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A 25 años del 11-S: la historia de Mario Santoro, el rosarino que murió ayudando en las Torres Gemelas


A un cuarto de siglo del ataque terrorista contra las Torres Gemelas, el recuerdo de aquella mañana del 11 de septiembre de 2001 mantiene vivas las secuelas de la tragedia que dejó más de 3.000 víctimas fatales en Estados Unidos. Entre las historias de dolor que dejó el derrumbe de los rascacielos neoyorquinos se cuentan las de cinco familias argentinas que perdieron a sus seres queridos ese día: Pedro Grehan, Sergio Villanueva, Guillermo Alejandro Chalcoff, Gabriela Waisman y Mario Santoro.

Chalcoff, de 41 años, murió instantáneamente por el impacto del primer avión mientras hablaba por teléfono con su esposa desde la consultora donde trabajaba. Grehan se encontraba en las oficinas financieras del piso 105, recién regresado de visitar a su padre en Buenos Aires. El bombero bahiense Villanueva se sumó voluntariamente al operativo de rescate pese a estar terminando su turno de 24 horas, y su cuerpo nunca fue hallado. Waisman, radicada desde chica en Estados Unidos, alcanzó a avisar a su familia que estaba bien tras el primer impacto, pero perdió la vida cuando el segundo avión chocó contra la torre contigua.

Mario Santoro, el paramédico rosarino que fue a ayudar y nunca volvió

De los cinco compatriotas, uno tenía raíces bien rosarinas: Mario Santoro, de 28 años, oriundo del barrio Belgrano, había dejado la ciudad junto a su familia más de 30 años antes rumbo a Nueva York. Primero viajó su madre, María Rosa, con el menor de los hermanos, David, de solo dos años, para instalarse en la casa de una tía que ya vivía allí. Semanas después se sumó su padre, Alberto, junto a los otros tres hijos —María Inés, Alberto y el propio Mario, que entonces tenía 8 años—.

Ya adulto y formado como paramédico, Mario vivía a cuatro cuadras de las Torres Gemelas junto a su esposa norteamericana, Leonor, y su hija Sofía, de apenas dos años. El 11 de septiembre de 2001 era su día franco. A las 8.46, tras un estruendo, salió al balcón de su casa y vio la torre norte del World Trade Center envuelta en llamas. «Voy para allá. Me van a necesitar», le dijo a su familia antes de reportarse en su hospital y salir hacia la zona del atentado. Nunca más se supo de él.

Sus compañeros y amigos lo recuerdan como una persona solidaria, sana y siempre dispuesta a ayudar a los demás. Su tío, Roberto Santoro, contaba que de adolescente, cuando la familia todavía vivía en Rosario, Mario empezó a trabajar en una sodería a escondidas de sus padres para llevar un poco de dinero a la casa, y recién lo confesó cuando notaron que llegaba cansado. «Muy decidido, muy solidario», lo definía su tío.

Fanático de Rosario Central, Mario había empapelado su cuarto en Nueva York con banderines del club. Aunque ya se había recibido de paramédico, sus allegados aseguran que soñaba con seguir estudiando para convertirse en médico, un camino que el atentado interrumpió para siempre.

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