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Tiene 19 años y vende hamburguesas en la calle para pagar sus estudios: su emprendimiento no para de crecer


Gonzalo Romero tenía 19 años cuando se quedó sin trabajo y empezó a preocuparse por cómo financiar la carrera que siempre había querido estudiar. En abril de 2026, en medio de la incertidumbre, llegó a escribir en un cuaderno: “Soy un inútil, me siento un inútil”. Sin embargo, poco después encontró una alternativa que cambiaría su presente: salir a vender hamburguesas en la calle.

El joven, oriundo de González Catán, comenzó con una conservadora que contenía apenas 40 hamburguesas. Hoy, junto a su hermano Sebastián, lleva adelante  un emprendimiento familiar que prepara entre 800 y 1.000 unidades por semana en las calles de San Justo y Laferrere. Su meta sigue siendo la misma desde el comienzo: reunir el dinero necesario para estudiar en la Universidad del Cine (FUC) y convertirse en director.

Antes de comenzar con las hamburguesas, Gonzalo había explorado diferentes caminos vinculados con la creatividad. Escribió cuentos, intentó convertirse en youtuber, aprendió diseño gráfico y edición de video, y trabajó como fotógrafo en eventos. También quiso crear una agencia de marketing con su hermano, aunque el proyecto no prosperó.

El principal obstáculo era el costo de la carrera de cine. En abril, después de buscar trabajo sin obtener resultados, decidió invertir sus ahorros en mercadería y probar suerte con la venta callejera. Preparó 40 hamburguesas, consiguió papel para envolverlas y servilletas, y salió a ofrecerlas a quienes encontraba en el camino.

La respuesta superó sus expectativas: vendió todas las unidades en menos de una hora. A cada cliente le explicaba que estaba intentando juntar plata para estudiar. Con lo recaudado, compró más mercadería y volvió a salir al día siguiente. Al principio, Gonzalo cocinaba en un pequeño espacio de su casa, con una plancha que su papá, herrero de oficio, había fabricado y restaurado. A medida que aumentaron los pedidos, su hermano Sebastián se incorporó al negocio.

Los dos encontraron una manera de complementarse: Gonzalo se ocupa principalmente de la creatividad y la comunicación, mientras que Sebastián aporta una mirada más técnica y organizada. Con el apoyo de sus padres, ampliaron el espacio de trabajo en la terraza de la vivienda. Construyeron mesas, realizaron instalaciones y adaptaron el equipamiento para aumentar la producción.

La rutina comienza alrededor de las 6.30, cuando preparan los panes y la carne. Después cocinan, envuelven las hamburguesas, cargan los carritos y salen a vender. Gonzalo suele recorrer San Justo, mientras que Sebastián trabaja en Laferrere. El crecimiento fue significativo: de las 40 unidades de la primera jornada pasaron a preparar entre 800 y 1.000 por semana. Cada hamburguesa cuesta $3.000 y también ofrecen dos por $5.000. El producto lleva dos fetas de queso cheddar y se puede pagar en efectivo o mediante transferencia.

Los hermanos llevan un registro de los ingresos y del stock para separar el dinero destinado a comprar mercadería, cubrir los gastos e invertir en el crecimiento del emprendimiento. La producción también depende de la demanda, ya que no todos los días consiguen vender todas las unidades. Entre sus próximos objetivos está ampliar la propuesta con papas fritas y, más adelante, incorporar bebidas. Para concretarlo, necesitan sostener las ventas y organizar la producción de acuerdo con los pedidos.

Gonzalo también aprovecha sus conocimientos de diseño y edición para crear videos y publicar contenido en redes sociales. Esa experiencia se convirtió en una herramienta para dar a conocer el negocio y atraer nuevos clientes. De todos modos, el trabajo no siempre es sencillo. El joven contó que muchas personas rechazan las hamburguesas cuando se acerca a ofrecérselas. Después de largas jornadas en la calle, todavía debe volver a casa, revisar las cuentas y preparar lo necesario para el día siguiente.

Detrás de cada hamburguesa hay un objetivo que va más allá del emprendimiento: estudiar cine y convertirse en director. Gonzalo quiere contar historias a través de imágenes y encontrar en esa profesión una manera de expresar lo que siente. En ese camino recibió una ayuda inesperada. Una mujer de Palermo se contactó con él y le pagó la matrícula de la Universidad del Cine, lo que le permitió reservar su vacante.

El joven también destaca la influencia de sus padres. Su mamá es docente y su papá trabaja en construcción y herrería. Ver el esfuerzo que hicieron durante años, explicó, fue una referencia para sostener su propio proyecto incluso en los momentos más difíciles. Mientras continúa cocinando y vendiendo junto a su hermano, Gonzalo busca acercarse a su futuro académico. Lo que empezó como una respuesta a la falta de trabajo se transformó en un emprendimiento familiar y en una oportunidad concreta para perseguir su vocación. Cada hamburguesa vendida representa un paso más hacia el sueño de ponerse detrás de una cámara.

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