La reaparición de la Influenza Aviar Altamente Patógena (IAAP) volvió a encender las alarmas en un sector que, lejos de encontrar estabilidad, advierte por un escenario cada vez más frágil. Sin compensaciones, sin vacunas y con pérdidas totales ante cada brote, la cadena avícola argentina atraviesa uno de sus momentos más críticos.
La influenza aviar ya no es una amenaza lejana para la producción nacional. Con la confirmación de nuevos focos en establecimientos comerciales, la cadena avícola argentina enfrenta una tormenta que combina daño sanitario, pérdidas económicas sin red de contención y un debate urgente sobre la estrategia de fondo: ¿es hora de vacunar?
Desde la Cámara Argentina de Productores Avícolas (CAPIA) la respuesta es contundente: sí, y sin más dilaciones. El organismo que agrupa al sector advierte que la situación ya no admite espera y reclama la implementación urgente de un esquema de vacunación que permita contener el avance del virus sin sacrificar planteles enteros cada vez que aparece un caso.
Brotes en establecimientos comerciales y pérdida del estatus sanitario internacional
El planteo no es nuevo, pero en las últimas semanas ganó fuerza tras la confirmación de brotes en granjas comerciales. El impacto fue inmediato: pérdida del estatus sanitario internacional y reactivación de protocolos de emergencia que obligan al sacrificio total de las aves ante cada detección positiva.
El presidente ejecutivo de CAPIA, Javier Prida, fue directo al describir el escenario: los productores enfrentan una situación de total vulnerabilidad. Ante la aparición de la enfermedad, no existen mecanismos de compensación económica, lo que deja a los establecimientos expuestos a pérdidas absolutas. La eliminación de planteles completos no solo destruye el capital de trabajo, sino que compromete la continuidad de la actividad.
Las granjas de postura, en el centro del impacto
El golpe más duro lo absorben las granjas de gallinas ponedoras. A diferencia de los pollos parrilleros —cuya rotación productiva es más rápida—, las gallinas permanecen largos períodos dentro del sistema. Esto significa que un brote no solo elimina el stock disponible, sino también el tiempo y la inversión acumulados en la formación del plantel, lo que hace casi imposible cualquier recuperación en el corto plazo.
El protocolo del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) establece que ante cada detección positiva se debe ordenar el sacrificio total de las aves para evitar la propagación del virus. La medida responde a lineamientos internacionales y busca contener el avance del patógeno, pero su impacto sobre las granjas es brutal e inmediato. Y sin herramientas financieras que amortigüen el golpe, el deterioro de muchos establecimientos se acelera.
El 94% de los huevos va al mercado interno: una ecuación que el sistema no refleja
Uno de los argumentos más contundentes que esgrime el sector para reclamar un cambio de enfoque tiene que ver con los destinos de la producción. Más del 94% de los huevos que se producen en Argentina se consumen en el país, mientras que solo una fracción menor se orienta a la exportación.
Sin embargo, el esquema sanitario vigente —diseñado principalmente para proteger el acceso a los mercados externos— aplica las mismas medidas drásticas a toda la cadena. Desde CAPIA señalan que esta ecuación deja en evidencia una desproporción: el sistema actual protege una fracción reducida del negocio en detrimento del grueso de la actividad productiva nacional.
El efecto dominó que preocupa al sector
La dinámica de los brotes genera consecuencias que van mucho más allá de cada granja afectada. Cada establecimiento que cae arrastra consigo puestos de trabajo, proveedores y capacidad de abastecimiento. Por el momento no se registran faltantes generalizados en el mercado, pero el temor es claro: una sucesión de brotes podría tensar la oferta y trasladar el impacto directamente a los precios en la góndola.
El precio del huevo ya acumula subas sostenidas. Si los focos se multiplican en los próximos meses —cuando las aves migratorias intensifican su movimiento y aumenta el riesgo de contagio—, el escenario podría agravarse.
La propuesta: vacunación, regionalización y compartimentación
Frente a este panorama, CAPIA propone revisar de fondo la estrategia sanitaria. La salida que plantean apunta a un modelo que incluya vacunación en aves de ciclo largo, complementado con esquemas de regionalización y compartimentación que permitan reducir el riesgo en la mayor parte del sistema sin resignar completamente los mercados internacionales.
La discusión no es sencilla. Las normas de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) condicionan las decisiones locales, especialmente en materia de comercio exterior. Sin embargo, varios países ya comenzaron a adaptar sus políticas para convivir con el virus sin detener la producción, un antecedente que el sector argentino sigue de cerca y cita como modelo posible.
Incertidumbre en las granjas
Mientras el debate sigue abierto en los despachos oficiales, en las granjas el clima es de inquietud permanente. Productores y trabajadores siguen cada novedad sanitaria sabiendo que un solo caso positivo puede poner fin a años de inversión. El reclamo por un cambio de enfoque gana volumen día a día y se consolida como uno de los ejes centrales para la supervivencia del sector.
La advertencia que llega desde la cadena avícola es clara: sin medidas que contemplen la realidad productiva local, el impacto de la enfermedad podría profundizarse. Y con él, también el riesgo de que una parte del entramado avícola argentino comience a desaparecer.



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