El camino hacia los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 ha comenzado con una decisión que redefine el deporte de élite. El Comité Olímpico Internacional (COI) determinó que las atletas transgénero quedarán excluidas de las competencias femeninas, marcando una ruptura definitiva con sus lineamientos anteriores.
A diferencia del modelo previo, donde cada federación deportiva decidía de forma autónoma sobre la inclusión, el COI impone ahora un criterio global basado estrictamente en la biología.
La gran novedad del reglamento es la introducción de una “evaluación genética obligatoria”. Cada deportista deberá acreditar este trámite una sola vez en su carrera profesional para poder competir en la rama femenina.
Desde la institución, el argumento es contundente: el objetivo es «salvaguardar la equidad, la seguridad y la transparencia». Esta medida también alcanza a atletas con Diferencias en el Desarrollo Sexual (DSD), endureciendo los requisitos de participación que ya venían siendo debatidos tras casos aislados como el de la pesista Laurel Hubbard en Tokio 2020.
El endurecimiento de estas reglas no ocurre en el vacío. La nueva política del COI se alinea con la postura de la administración de Donald Trump, quien en 2025 ratificó el decreto “Mantener a los hombres fuera de los deportes femeninos”.
El escenario para 2028 se presenta complejo no solo en lo deportivo, sino también en lo administrativo: el gobierno estadounidense ya adelantó que se aplicarán trabas migratorias a aquellos atletas que no cumplan con estas normas biológicas, lo que obliga al COI a unificar criterios con el país anfitrión para garantizar la realización del evento.



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