La exenfermera oncológica Sarah Mullally, de 63 años, inició este miércoles su ministerio público como arzobispa de Canterbury, en un hecho histórico para la Iglesia de Inglaterra y para la Comunión Anglicana global. Se trata de la primera mujer en ocupar el cargo más alto de esa iglesia desde su fundación.
Si bien Mullally ya había quedado formalmente confirmada en enero como nueva jefa de la Iglesia anglicana, la ceremonia celebrada ahora marcó el comienzo visible y público de su ministerio al frente de una comunidad religiosa que, en conjunto, reúne a más de 100 millones de fieles en todo el mundo.
“Tengo la intención de ser una pastora que permita que el ministerio y la vocación de todos florezcan, sea cual sea nuestra tradición”, había expresado Mullally tras su designación, en una definición que busca mostrar un liderazgo con vocación integradora en una iglesia atravesada por fuertes tensiones internas.
Una ceremonia cargada de simbolismo
La ceremonia se realizó en el marco de la Fiesta de la Anunciación, una fecha clave del calendario cristiano que conmemora el momento en que María recibió el anuncio de que sería madre de Jesús. La elección de esa jornada fue leída como un gesto cargado de simbolismo por el peso histórico que tiene la llegada de una mujer al principal cargo eclesiástico de la Iglesia de Inglaterra.
Entre los asistentes estuvieron el príncipe William, la princesa Catherine, el primer ministro británico Keir Starmer, además de representantes de muchas de las 42 iglesias miembros de la Comunión Anglicana. También participaron enviados del Vaticano y de la Iglesia Ortodoxa, en señal del alcance global del acontecimiento.
De la enfermería al liderazgo religioso
Nacida en Woking, al suroeste de Londres, en 1962, Mullally desarrolló primero una extensa carrera en el sistema de salud británico. Trabajó como enfermera en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS) y llegó a convertirse, con apenas 37 años, en la persona más joven en ocupar el cargo de jefa de enfermería de Inglaterra.
Mientras todavía se desempeñaba en esa función, comenzó su formación religiosa y terminó dando un giro profundo a su vida profesional. Fue ordenada dentro de la Iglesia de Inglaterra y en 2015 se convirtió en la cuarta mujer en alcanzar el rango de obispa dentro de esa institución. Tres años más tarde fue designada obispa de Londres, uno de los cargos más relevantes dentro de la estructura anglicana.
En un gesto que también conectó con su historia personal, durante la ceremonia llevó un broche ceremonial decorado con la hebilla del cinturón que usaba como enfermera, una forma de unir su pasado en la salud pública con su nueva etapa como líder espiritual.
Un nombramiento histórico, pero en un contexto complejo
La llegada de Mullally al cargo representa un hito institucional para una iglesia que recién ordenó a sus primeras sacerdotisas en 1994 y a su primera obispa en 2015. La dimensión simbólica del nombramiento es enorme dentro de una institución históricamente marcada por estructuras masculinas y jerárquicas.
Sin embargo, su desembarco también se da en un momento delicado para la Iglesia de Inglaterra y para la Comunión Anglicana, donde persisten profundas divisiones en torno a temas como el rol de las mujeres, el vínculo con las personas LGBTQ+ y el rumbo doctrinal de distintas iglesias nacionales.
A eso se suma la presión por los escándalos de abusos sexuales que golpean desde hace años a la institución y que siguen generando cuestionamientos sobre la capacidad de la iglesia para revisar sus propias estructuras de poder y protección.
La sucesora de Justin Welby
Mullally sucede en el cargo a Justin Welby, quien dejó la conducción de Canterbury en medio de cuestionamientos por su manejo de denuncias de abuso dentro de estructuras vinculadas a la iglesia. Su llegada, por lo tanto, no solo representa una renovación histórica en términos de género, sino también una etapa de alta exigencia institucional y de fuerte expectativa sobre su capacidad de conducción.
El teólogo George Gross, especialista en religión y monarquía del King’s College London, sintetizó la magnitud del momento al señalar que el llamado “techo de cristal de vitrales” finalmente se rompió.
En un mundo donde la discusión por la igualdad también atraviesa a las instituciones religiosas, el ascenso de Mullally ya quedó marcado como uno de los hechos más significativos del cristianismo contemporáneo.



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