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Cohousing femenino: la alternativa que gana terreno entre mujeres que no quieren envejecer solas


Hubo un tiempo en que el futuro de una mujer al llegar a la vejez parecía estar casi escrito de antemano: una habitación en la casa de un hijo, la soledad en un departamento demasiado grande tras la viudez o el ingreso a una residencia para mayores. Pero ese libreto, durante años naturalizado, empezó a resquebrajarse.

En distintos puntos del mundo, cada vez más mujeres mayores de 50 años están apostando por otra forma de envejecer: juntas, pero no dependientes; acompañadas, pero no invadidas. Se trata del cohousing o vivienda colaborativa femenina, una modalidad que crece como respuesta concreta a dos problemas cada vez más visibles: la soledad y la precariedad económica en la vejez.

Desde Canadá hasta España, pasando por el Reino Unido, Francia, Italia y también experiencias más cercanas en Uruguay, estas iniciativas comparten una misma lógica: vivir entre pares, compartir ciertos espacios y apoyarse mutuamente, sin resignar intimidad ni autonomía.

La idea rompe con un prejuicio bastante instalado: que convivir implica perder independencia. En muchos casos ocurre exactamente lo contrario. La convivencia elegida entre mujeres de la misma generación permite reducir la dependencia afectiva y económica de la familia, sostener vínculos sin culpa ni sobrecarga, y construir una red cotidiana de cooperación que no anula la vida propia.

Del “efecto Golden Girls” a una solución real

Uno de los casos más emblemáticos es el de Pat Dunn, una enfermera jubilada de Ontario, Canadá, que a los 70 años quedó viuda y se encontró frente a un problema tan brutal como frecuente: su pensión ya no le alcanzaba para vivir sola.

Sin demasiadas opciones, se inspiró en la lógica de The Golden Girls, la icónica serie de los años 80 en la que cuatro mujeres mayores comparten casa en Miami, y decidió buscar por redes sociales a otras mujeres en una situación similar.

Lo que comenzó como un simple grupo de Facebook terminó convirtiéndose en Senior Women Living Together, una organización que hoy reúne a más de 2.000 integrantes y que funciona como una red de acompañamiento, orientación y búsqueda de compañeras de vivienda.

Su caso no es aislado. En Ontario, por ejemplo, se estima que unas 150.000 mujeres mayores viven en situación de pobreza, por lo que para muchas el cohousing no es una moda ni una excentricidad, sino una estrategia concreta de supervivencia económica y emocional.

Pat lo resume con una frase simple pero demoledora: pasó de sentirse sola las 24 horas a no volver a sentirse así.

No es una comuna ni un geriátrico

Una de las principales aclaraciones que hacen quienes impulsan este tipo de experiencias es que el cohousing no es una comuna hippie, ni un geriátrico disfrazado, ni una convivencia improvisada.

La clave está en un equilibrio muy claro: cada mujer tiene su espacio privado y, al mismo tiempo, comparte ciertas áreas comunes y una red de apoyo cotidiana.

Eso puede verse, por ejemplo, en New Ground, considerada la primera comunidad de cohousing senior del Reino Unido, ubicada en Chipping Barnet, Londres. Allí viven mujeres de entre 58 y 94 años en 25 departamentos independientes, con acceso a espacios compartidos como una gran cocina comunitaria, un cine y una huerta.

El principio rector es simple: cada una conserva su llave, su intimidad, su rutina y su vida personal, pero sabe que a pocos pasos hay otras mujeres con quienes compartir desde una comida hasta una conversación o una mano en un momento difícil.

Modelos distintos, misma búsqueda

Aunque el formato cambia según el país, el espíritu es bastante parecido.

Algunas experiencias destacadas

  • La Joie Home Base (Francia, Italia y España): fundada por Hanne Nuutinen, ofrece estadías temporales para mujeres que buscan combinar tranquilidad, comunidad y flexibilidad.
  • Santa Clara (Málaga, España): nació hace tres décadas a partir del deseo de un grupo de amigas que no quería terminar en un lugar marcado por la frialdad institucional.
  • Mujeres con Historias (Montevideo, Uruguay): una asociación civil que proyecta una vivienda pensada desde una perspectiva feminista, donde la arquitectura responda a las necesidades reales de quienes la habitan y no a la lógica del mercado.

Todas estas experiencias parten de una misma certeza: envejecer no debería equivaler a desaparecer socialmente ni a resignarse al aislamiento.

Convivir también implica hablar de lo incómodo

Claro que la convivencia no es para cualquiera. Y quienes ya transitaron la experiencia lo dicen sin romanticismo: compartir techo con otras personas requiere madurez emocional, capacidad de diálogo y mucha honestidad.

Por eso, muchos de estos proyectos incluyen procesos previos de selección o afinidad, no para garantizar amistades perfectas, sino para asegurarse de que haya una base mínima de valores compartidos, respeto y horizontalidad.

La convivencia no se sostiene solo con buenas intenciones. También necesita reglas claras, acuerdos previos y conversaciones incómodas.

Entre los temas que suelen ponerse sobre la mesa aparecen cuestiones clave como:

  • Salud y dependencia: qué hacer si una integrante necesita más asistencia o presenta deterioro cognitivo.
  • Visitas y vínculos afectivos: cómo se manejan las parejas, amistades o familiares dentro del espacio compartido.
  • Economía cotidiana: desde cómo se dividen las compras hasta quién se ocupa del mantenimiento de las áreas comunes.
  • Límites de convivencia: hábitos, ruidos, limpieza, horarios y pequeñas tensiones de la vida diaria.

Lejos de ser un detalle menor, la conversación franca es una de las herramientas centrales del cohousing. Muchas de sus impulsoras insisten en que decir lo que molesta a tiempo es parte del cuidado mutuo.

Por qué este fenómeno es sobre todo femenino

Aunque también existen experiencias mixtas, la expansión del cohousing tiene una marca fuertemente femenina. Y no es casual.

Por un lado, las mujeres viven más años que los hombres en promedio, por lo que estadísticamente enfrentan más tiempo la viudez, la jubilación en soledad o la pérdida de ingresos. Pero además, detrás de esta elección hay algo más profundo.

Investigaciones del proyecto MOVICOMA de la Universitat Oberta de Catalunya muestran que, en general, hombres y mujeres se acercan al cohousing por razones distintas. Mientras muchos varones lo hacen buscando organización compartida o corresponsabilidad, muchas mujeres lo hacen buscando emancipación.

Es decir: no quieren volver a quedar atrapadas en roles de cuidado, servicio o subordinación doméstica.

La frase que mejor resume ese espíritu podría ser esta: “No quiero agarrar la escoba, quiero escribir mi libro”.

En otras palabras, el cohousing aparece para muchas como una forma de proteger tiempo, energía y libertad en una etapa de la vida que ya no quieren vivir al servicio de otros.

El gran obstáculo: no siempre es accesible

Aun así, no todo es ideal. Uno de los principales límites para que este modelo se expanda es el factor económico.

En España, por ejemplo, la diferencia entre las jubilaciones de hombres y mujeres sigue siendo muy marcada, y muchos de los proyectos de cohousing existentes siguen estando más cerca de la clase media-alta que de una solución masiva.

En algunos casos, ingresar requiere aportes iniciales elevados y cuotas mensuales que resultan inaccesibles para buena parte de las jubiladas.

Por eso, distintas impulsoras del movimiento insisten en que si los Estados realmente quieren enfrentar el envejecimiento poblacional con perspectiva de derechos, deberían empezar a pensar este tipo de soluciones como una política pública.

La demanda está. Lo que falta, en muchos lugares, es financiamiento, respaldo institucional y modelos más accesibles.

Cómo empezar: del deseo a la organización

Una de las cosas más interesantes del fenómeno es que no siempre hace falta esperar a que exista un complejo construido para empezar. Muchas experiencias nacen primero como redes de mujeres que se buscan, se conocen y se organizan.

De hecho, plataformas como Senior Women Living Together proponen un recorrido bastante concreto para dar los primeros pasos.

Paso a paso para pensar una vivienda compartida

1. Informarse
Lo primero es conocer experiencias que ya estén funcionando, entender cómo se organizan y cuáles fueron sus desafíos.

2. Armar un perfil claro
Definir qué tipo de convivencia se busca, qué valores son importantes y qué límites o necesidades personales existen.

3. Buscar compañeras compatibles
El vínculo previo es clave. La recomendación es charlar mucho, conocerse bien y compartir tiempo antes de mudarse juntas.

4. Redactar un acuerdo de convivencia
Uno de los pilares del éxito. No alcanza con “llevarse bien”: hace falta dejar por escrito cómo se tomarán decisiones, cómo se repartirán gastos y cómo se resolverán conflictos.

5. Encontrar o adaptar un hogar
Puede tratarse de una vivienda ya existente o de un proyecto nuevo, siempre que el espacio permita sostener tanto la vida común como la intimidad individual.

¿Y en Argentina?

En Argentina, este tipo de alternativas todavía son muy incipientes, por no decir casi inexistentes en términos formales. Sin embargo, la pregunta ya está sobre la mesa.

Con una población que vive cada vez más años y con modelos familiares cada vez menos tradicionales, pensar nuevas formas de habitar la vejez ya no parece una rareza, sino una necesidad.

El cohousing femenino no promete una vida perfecta ni una convivencia sin conflictos. Pero sí propone algo que, para muchas, vale muchísimo: envejecer sin quedar solas, sin perder autonomía y sin pedir permiso para seguir viviendo como quieren.