Cada vez más jóvenes menores de 30 años recurren al bótox en la Argentina, en una tendencia que dejó de estar asociada únicamente al envejecimiento y empezó a instalarse como una práctica vinculada a la prevención, la estética y la búsqueda de un rostro más “fresco” o “descansado”.
“Solo me pongo botox en la frente y en el entrecejo para que las arrugas más marcadas no empiecen a notarse”, contó una administradora rural de 30 años, que comenzó a aplicárselo a los 27 y desde entonces lo hace dos veces al año. Una médica cirujana de 29 relató una experiencia similar: empezó a usarlo a los 26 y suele colocárselo una vez por año en la frente, el entrecejo y las patas de gallo.
Especialistas aseguran que el fenómeno creció con fuerza en los últimos años. El cirujano plástico Alejo Freire advirtió que cada vez llegan a los consultorios personas más jóvenes interesadas en estos procedimientos. “Hoy aparecen pacientes de 22 o 23 años que quieren usar bótox, algo que antes no se veía”, señaló.
En la misma línea, la dermatóloga Desiree Castelanich confirmó que el aumento es evidente y lo vinculó, entre otras cosas, a los efectos cosméticos que hoy se asocian al tratamiento. “Hay muchos efectos ‘glow’ de la toxina botulínica, y hoy los jóvenes terminan eligiéndola por eso”, explicó.
Qué hace el bótox y por qué se usa cada vez más temprano
La toxina botulínica se utiliza tanto para prevenir como para tratar signos del envejecimiento. Según explicó el cirujano plástico Cristián Leonhardt, su función principal es relajar o paralizar determinados músculos faciales, reduciendo así las llamadas arrugas dinámicas, como las que aparecen en la frente, el entrecejo o alrededor de los ojos.
Pero su uso no se limita a las líneas de expresión. También puede emplearse para tratar el exceso de sudor, disminuir la oleosidad, reducir el sebo y, en algunos casos, mejorar la apariencia de los poros dilatados.
En el mercado argentino existen distintas marcas, como Botox, Dysport, Xeomin o Clonix, aunque la más conocida sigue siendo la primera. En paralelo, se popularizó el llamado “baby bótox”, una variante que utiliza la misma sustancia, pero en dosis más bajas, y que es especialmente elegida por personas jóvenes que buscan resultados más sutiles o preventivos. En ambos casos, los efectos suelen durar entre cuatro y seis meses.
Una práctica cada vez más naturalizada
Muchas de las personas consultadas coinciden en que el uso del baby bótox está cada vez más normalizado en determinados entornos sociales y laborales. “Casi todos mis amigos se colocan baby bótox”, contó una de las entrevistadas. En el mismo sentido, el abogado Mauro Magnavacchi, de 33 años, aseguró: “La gran parte de mi entorno tiene bótox”.
Para muchos, ya no se trata de “arreglar” algo visible, sino de evitar que aparezca. Ese razonamiento aparece cada vez más temprano. Franco Bosetti, ingeniero informático de 24 años, explicó que empezó a aplicárselo por una lógica puramente preventiva: “Se dice que las líneas de expresión se ‘tatúan’ y después es muy difícil sacarlas. Por mi edad tenía pocas, pero no quería que se marcaran”, contó.
Redes sociales, imagen y nuevas presiones estéticas
Detrás de este crecimiento, especialistas también marcan un fuerte cambio cultural atravesado por las redes sociales, la exposición constante de la imagen y la instalación de estándares estéticos cada vez más homogéneos.
La psicóloga Candela Yathe, fundadora de Bellamente, explicó que hoy no solo nos vemos más, sino que también nos comparamos más. “Lo que antes era excepcional ahora parece la norma. Ves caras sin arrugas, sin poros, sin marcas, y empezamos a pensar que eso es lo esperable”, analizó.
Y agregó un punto central: “Hoy no es solo gente más grande que quiere rejuvenecer, sino personas muy jóvenes que buscan prevenir. Es como si la juventud ya no fuera suficiente: hay que optimizarla”.
Desde la consultora Voices, la directora ejecutiva Constanza Cilley identificó tres factores que ayudan a explicar el fenómeno: la hiperexposición de la imagen, un cambio en la percepción subjetiva de la edad y el peso creciente del malestar emocional en los jóvenes.
“Más que un fenómeno puramente estético, lo que vemos es un cruce entre tecnología, percepción subjetiva de la edad y malestar emocional, que empuja a intervenir cada vez más temprano”, resumió.
Según explicó, en los últimos años muchas personas en la Argentina comenzaron a sentirse “más grandes” antes, lo que habilita lógicas preventivas incluso antes de los 30. A eso se suma, dijo, una realidad emocional atravesada por el estrés, el cansancio y la ansiedad, donde intervenir sobre la apariencia puede funcionar como una forma de recuperar control o bienestar inmediato.
El auge de los tratamientos no quirúrgicos
A nivel internacional, la tendencia también se refleja en los números. La última encuesta mundial de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (Isaps), con datos de 2024, ubicó a la toxina botulínica como el procedimiento no quirúrgico más realizado en el mundo.
El crecimiento forma parte de una transformación más amplia dentro de la medicina estética. El especialista Jorge Ricardo Wetzel, dedicado a la cirugía plástica, estética y reparadora, explicó que los procedimientos mínimamente invasivos ya representan una parte central de la actividad, tanto en la Argentina como en el resto del mundo.
“Los pacientes buscan resultados naturales, con menor tiempo de recuperación y menor impacto en su vida cotidiana”, sostuvo.
En la misma línea, Leonhardt estimó que en su práctica actual, alrededor del 70 % de los procedimientos corresponden a tratamientos con toxina botulínica y ácido hialurónico, mientras que el 30 % restante está vinculado a cirugías.
Cuánto cuesta y por qué crece la oferta
El crecimiento de la demanda también estuvo acompañado por una mayor oferta. Cada vez más profesionales del ámbito de la salud se vuelcan a la estética, tanto por la practicidad laboral como por el nivel de ingresos que puede generar este tipo de tratamientos.
Sin embargo, los especialistas insisten en la importancia de realizar estos procedimientos con profesionales capacitados. Wetzel fue enfático al respecto: “La especialidad en cirugía plástica no puede ser ejercida por alguien con un curso de una semana, por más seguidores que tenga en Instagram”.
En cuanto a los valores, una sesión de bótox en la Argentina ronda actualmente entre $150.000 y $350.000, dependiendo del profesional, la marca utilizada y la cantidad de unidades aplicadas.
Leonhardt indicó que un tratamiento estándar de 50 unidades suele costar alrededor de $320.000, mientras que en el caso del baby bótox se utilizan entre 15 y 20 unidades.
Algunos pacientes relataron experiencias similares. Magnavacchi contó que la última vez se lo aplicó hace un mes y pagó $250.000, mientras que otro joven médico aseguró haber abonado cerca de $200.000 en su última sesión.
Entre la elección y la presión
Más allá de su creciente naturalización, especialistas en salud mental remarcan que el bótox no es una decisión superficial ni inocente, y que conviene pensar qué lugar ocupa dentro de la autoestima y la construcción de la propia imagen.
Yathe sostuvo que, antes de someterse a cualquier intervención, es clave informarse, elegir profesionales confiables y comprender qué implica realmente el procedimiento.
Además, propuso una reflexión incómoda pero necesaria: “Nadie disfruta de estar pinchándose la cara. Si lo hacemos, es porque hay algo detrás”, señaló.
Para la psicóloga, ese “algo” muchas veces está relacionado con un ideal de belleza internalizado, moldeado por lo social, lo visual y lo que se premia culturalmente.
“Más que preguntarnos si está bien o mal hacerlo, me parece más interesante preguntarnos: ¿esto es una elección o una presión que internalicé? ¿Qué creo que va a cambiar en mí después de hacerlo? ¿Qué parte de mi autoestima estoy poniendo en juego acá?”, concluyó.



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